En la vida hay momentos que marcan pautas para determinar el nuevo rumbo de tu vida: un accidente, la muerte de un ser querido, una moneda encontrada en la calle, una mirada de una mujer, unas mariposas haciendo estragos en el estomago, un sueño, una frase escuchada en algún lado.
El Lunes fue determinante. En mi caso, tristemente fue una muerte, dos en realidad, que me fue anunciada el Domingo por la noche. El lunes fue pesado, trabajar por la mañana con el shock que eso implicó, no solo para mí, sino para el resto de mis amigos, mi familia, que convivimos mucho tiempo con ellos. Por la tarde estar en el velorio, apoyando, cumpliendo con mi deber. Fue duro verlos ahí, tendidos y serenos, pero más duro fue la idea de saberme temeroso, no de la muerte, que lejos de miedo me inspira curiosidad; temeroso más bien de no aprovechar mi vida, de vivir sin arriesgarlo todo. Fue ahí donde lo decidí: llevar "gallo".
Bastó un par de llamadas, una botella de tequila y una plática de convencimiento que, aun cuando ya había decidido atreverme, necesitaba el apoyo de esas voces que en los tiempos de incertidumbre siempre han estado ahí para aconsejarme. El voto, después de haber explicado la situación, fue unánime.
Guitarra en mano, rosas y un libro en la otra, carta (escrita a máquina, porque tengo horrible letra) y nada que perder. Así llegué, con los nervios arreciando mi humanidad. Saliste. Comencé a temblar. Ni el "hola" me salió. Te abracé y el universo se acomodó de tal forma que cada canción, cada movimiento y cada palabra que decía estaban sincronizados, poco a poco dejé de temblar, tú también. la luz de la farola dejaba ver tu rostro puro, sin maquillaje que pudiera esconder aquel rostro angelical que yo amo. Terminaron de cantar mis amigos, noté que se les olvidó la de "Piel Canela"... no importó. Estaba ahí, justo donde quería estar, donde aun quiero y siempre querré estar: en tus brazos. traté de exprimir cada gota de ese momento, disfrutarlo como nunca, y ser fuerte, porque cada segundo que pasaba me recordaba que se aproximaba el final, como burlándose de mí, de todo este mar de sentimientos que despiertas, de este amor tan fluido y naturalito que me sale por ti. "Tengo que ser fuerte" me dije "Ella no debe verme quebrar, se preocupará y no quiero causarle esa molestia". Hubo un momento, casi al final de la noche, cuando me quebré, contuve la respiración, aguanté el nudo en la garganta y me repuse como pude. Quise robarte un beso, me sentí mal por faltarte al respeto, pero no me arrepiento, tenía que intentarlo. El momento llegó, me despedí con tres besos en mejillas y frente, esperé a que te metieras, y caminé con un enorme vacío en mi vida, pero agradecido por estar ese último instante contigo.
La muerte, que burlona llegó adelantada a su día unos cuantos días, puede venir ya por mí. No tengo arrepentimientos, di todo, me entregué completo a ti; me arriesgué y, aunque siento que te he perdido, al menos gané un instante más contigo, en lo que a mí respecta la muerte puede echar los dados, ese instante en tus brazos ya me hizo ganador.
Plata.
Para M... quería que supieras cómo lo viví. Cuando me avisaron de las muertes mi primer impulso fue llamarte, pero no podía hacerlo, no debía. Después de tanto reflexionar ese día me di cuenta que debía verte una vez más, darte algo especial, algo único, que te haga ver que eres la indicada para mí, que te amo, por si (toco madera) el día de mañana ya no estuviera más aquí.
miércoles, noviembre 02, 2011
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