lunes, agosto 13, 2012

Realidad (primera parte)

En el delirio de nuestras vidas siempre existe la realidad de una pasión.

Siempre he sido aficionado a la lectura, y como romántico declarado debo confesar que la mayor historia de amor jamás contada -a mi gusto- es la de Eva y Adán. Y cómo no habría de serlo, si el mismo Dios les otorgó el paraíso de este mundo, donde encontrarían todo cuanto quisieran, prohibiéndoles tan sólo un fruto: el del árbol de la ciencia, el fruto de la sabiduría. Pero la mujer, como emprendedora e inconformista que es, decide probarlo, decide saber. Ante esto bien pudo haber Adán apelado a su sentido común, pero oh no, eso en el amor no cuenta -por ese preciso instante en el que él decide hacerle caso y probarlo también considero que nació aquel dicho tan cierto de "detrás de cada gran hombre hay una gran mujer". Pero no conforme con este acto de entrega para con Eva, al momento de ser expulsados él decide seguirla, hasta el fin del mundo si es necesario, y qué historia de amor se podría comparar con aquella en la que renunciar al paraíso por la amada resulta más que obvio para él -y para mí, al menos en mis delirios de romántico.
Por eso, cuando ella me dijo "ya me hice mi tatuaje de serpiente" no pude menos que esbozar una sonrisa, pues me pareció justicia poética por el amor que le tengo. Hoy la veré, y muero de ganas de tenerla en mis brazos, entregarme cual Adán, para que juntos recuperemos ese paraíso que durante mucho tiempo las circunstancias nos ha negado.

Son las 9 pasadas, la luna llena todavía no alcanza a asomarse bien por el horizonte, me encuentro afuera de su casa, nervioso -de la clase de nervios de primera cita, aún después de 10 meses de salir juntos-, con una playera a rayas, una gorra -que me ha dicho le gusta como se me ve- y bañado en su perfume favorito, unas rosas rojas y unas manos sudando de emoción. Se escucha la puerta abrir y su silueta se asoma cual milagro divino. Lleva puesto una falda que deja ver sus suaves piernas y una blusa entallada con un escote provocador por donde asoman sus redondos senos, cabello suelto y con cada paso un aliento me roba su suave contoneo. Llega hasta donde estoy parado, "Hola" me dice, no atino a contestar, sólo le tomo su rostro con una mano, llevo mis labios a los suyos, y enseguida rodeo su pequeña cintura con mis brazos, asiéndola a mí con fuerza, le doy otro beso en su oído y apenas atino a armar unas palabras entre tanto nerviosismo: "te extrañaba horrores".

El camino no fue muy largo, un par de cuadras caminando de su casa a tomar un taxi, en 5 minutos llegamos al centro, donde nos dispusimos a elegir el bar que habría de dar posada a un par de almas empapadas en pasión. Ella no permitió asomar su tatuaje aún.
Ya estando en la mesa pedimos unas bebidas, comenzamos a charlar, sobre esto y aquello, sus pendientes y pormenores de su semana anterior, algunas bromas, sobre el futuro -brevemente, a ella no le gusta mucho abordar a fondo ese tema, aún no-, le conté de mi semana, alguno que otro pequeño debate de ideas sobre tal o cual cosa, y mucha seducción por parte de los dos. Para cuando terminamos la segunda ronda de bebidas el deseo generado entre ambos ya era dominante, pedí la cuenta, le di un beso apasionado al tiempo que con recelo acaricié su muslo izquierdo con mi mano derecha -ateniendo con sumo cuidado a no develar ese cachondeo a los demás comensales que esa noche de manera anónima nos acompañaban- llegando con las puntas de mis dedos a acariciar parte de su ropa interior, en el área de la nalga por debajo de la falda. Sentí cómo su cuerpo se estremeció de placer con esa primera caricia, le dije al oído "vámonos de aquí", ella asintió al tiempo que se mordía levemente el labio inferior y por la comisura izquierda de su boca esbozó una sonrisa, cómplice del deseo que ambos desbordábamos en ese momento. Le tomé la mano para ayudarla a ponerse de pie, la guié entre las mesas rumbo a la salida, nos enfilamos a la parada de los taxis y abordamos el primero sin siquiera preguntar si estaba en servicio.

El viaje resultó un preámbulo, un "foreplay" dirían los gringos, aunque esa palabra no alcance ni por asomo a definir la cantidad de pasión y deseo que en esos momentos ninguno de los dos podía contener. Aquel viaje de 7 minutos rumbo a mi departamento fue una eternidad de besos en los labios, en el cuello, las manos acariciando de forma traviesa partes estratégicas de nuestros cuerpos, mi mano derecha alcanzó la parte interior de su muslo derecho, llegando a acariciar por un instante su ropa interior -que, dicho sea de paso, ardía en calor y humedad- mientras la suya de cuando en cuando atacaba mi entrepierna con fervor para luego retirarla provocando cada vez más mi excitación. De pronto, el taxi arribó.
-Llegamos, joven. són 45 pesitos- inquirió el taxista.
Le pagué agradeciéndole, me bajé y le ayudé a ella a bajar con cuidado. Apenas se fue el taxista y las manos de ambos estaban en el cuerpo del otro, me tomó de la mano y me jaló para ir al segundo piso, donde yo vivo. en el descanso de las escaleras no pude contener más mis deseos al ver esa provocadora silueta subir delante mío, la tomé y la jalé por la espalda hacia mí, apretando mi pelvis en sus nalgas para que sintiera cuán excitado me tenía, y en esa posición comencé a besarle el hombro izquierdo mordiéndolo suavemente, al tiempo que mi mano derecha se metía entre su escote y la izquierda retomaba el camino por su muslo izquierdo hasta llegar a su sexo, y ahí se quedaron mis dedos jugando por 5 minutos, primero sobre su ropa interior -ya empapada a estas alturas- y luego con un movimiento logré colar mi mano por debajo, alcanzando sus labios y su clítoris, con el cual me entretuve un rato. De cuando en cuando dejaba un momento el clítoris y le metía lo más que podía uno de mis dedos, sintiendo cómo su cuerpo se retorcía de placer al hacer eso, mi mano derecha se aferraba a sus senos y los acariciaba suave justo antes de apretarlos. Ella, como podía, se aguantaba los gemidos con astucia -aunque, de cuando en cuando, alguno conseguía escapar-, pegaba sus nalgas y las movía al tiempo que su mano derecha se aferraba a mi pierna. De pronto, cuando comencé a mover de cierto modo los dedos, escuché de su voz profética un "ya casi" que generó aún más placer en mí; un par de segundos después, las palabras más eróticas acompañaron aquella profecía en forma de un suave gemido: "¡ya!". Como pudo se volteó, me besó con pasión y me dijo "vamos adentro".

Una vez pasados los obstáculos de la sala y las difíciles pruebas de encontrar el interruptor de la luz mientras continúo besándola y acariciando su cuerpo, arribamos a mi habitación. Comenzó a quitarme la ropa entre beso y beso, acto seguido le quité la blusa, la volteé, acaricié sus piernas al tiempo que ella se inclinaba ligeramente hacia adelante en un acto de entrega y devoción, como diciendo "disfrútalo, es tuyo", después de acariciar sus suaves piernas y sus muslos tomé con firmeza sus nalgas, suaves y redondas, torneadas con delicada destreza del creador. Tomé su falta y se la bajé, dejándola en ropa interior -momento hasta el cual pude darme cuenta que debajo traía un boxer entallado, que por la parte de atrás dejaba ver a casi toda la nalga, la volví a acariciar con ahínco, pegándola a mí no sin antes deshacerme de el infame seguro de su brassier que amenazó en esta ocasión con cortar el flujo de los amantes (sin éxito, gracias a Dios). Ya sólo traíamos los boxer puestos y yo continuaba pegándole mi pene a sus nalgas para que sintiera cómo me ponía de excitado, le tomaba con fervor sus senos duros y redondos, se volteó, bajó mis boxers al tiempo que se arrodillaba frente a mí, y comenzó a besarme el vientre y las piernas, para luego llegar a mi pene, donde con extraordinaria avidez logró hacerme abjurar de cuanto nos rodeaba, las formas de los muebles comenzaron a desvanecerse y juro que en ese momento los dos flotábamos en el infinito.

Tomé ligera conciencia de mí, la levanté, la abracé y la besé,  al tiempo que la cargaba para dejarnos caer en las sábanas de mi cama. Todo pasó en un instante, de esos instantes eternos en donde uno puede analizar cada inhalación con calma, cada exhalación como si fuera una tesis para presentar. Los dos volamos, caímos con tan  pronta lentitud que en el viaje todo al rededor se transformó ante nuestros ojos y ambos fuimos capaces de sentirlo y analizarlo, para luego hacer nuestro ese momento. Mientras caíamos nuestros labios no paraban su andar, entre beso y beso las caricias en nuestros cuerpos resultaban en halos de luz de colores, como si fuésemos pintores el uno del otro, y para el momento en que caímos en las sábanas recién habíamos concluido nuestra obra pictográfica para poder disfrutarla en carne y ahí, en ese nuevo mundo hecho de sábanas blancas, con arbustos hechos de almohadas y árboles que resultaban ser colchones, ahí entre tanta blancura el único color era el que nuestras manos generaban al tocarnos.

Para ese momento me entró un profundo deseo de recorrer con mis labios su cuerpo y no me contuve. Bajé rápidamente a su cuello, donde a base de suaves mordidas con los labios recorrí cada centímetro hasta bajar a los hombros que procedí a morder ligeramente, tomé sus manos y las puse por encima de su cabeza al tiempo que mis labios comenzaron a bajar por en medio de su pecho, entre sus senos me detuve ligeramente para pasar mi lengua gentilmente y luego, con la lengua, rodeé su seno izquierdo hasta llegar a la parte exterior del mismo, lo mordí ligeramente y comencé a lamerlo con efectividad, hasta llegar a su pezón, el cual  besé en repetidas ocasiones, acto seguido mi boca fue directo al pezón derecho y comenzó el mismo ritual a la inversa. En este punto me sentía como Jacques Custeau en alguno de sus viajes, incluso juraría haber escuchado su voz narrando un poco en español afrancesado: "Bienvenidgous a esta aventuga en el inóspito y maravilloso mundo que estgamos a punto de descubrig".
Bajé entonces un poco más, lamiendo su vientre del lado izquierdo y cuando me detuve ahí una silueta vino a mi encuentro, quieta, parsimoniosa, con la calma dócil de saberse en su hogar y de saberme aliado, seduciendo, hipnotizando a este viajero para que hiciera ahí mi hogar. Era una serpiente. ¡Qué momento tan poético y tan lleno de pasión! La serpiente entonces comenzó a moverse por el vientre, como invitándome a seguirla, y así lo hice, mi lengua se convirtió en otra serpiente.
Bailamos entonces en la arena de su cuerpo, ella guiaba, yo seguía.  me condujo poco a poco por la pierna hasta la rodilla, luego se escondió detrás y yo la seguí para encontrarla en el muslo derecho, de cuando en cuando ella me decía "muerde" y yo mordía con suavidad. Continuó su andar hasta la parte interna de ese muslo y de pronto, en un punto en donde todo era posible, esa serpiente voló hasta el otro muslo, inevitablemente la seguí. caminamos entonces adentrándonos en su sexo, primero jugando en los alrededores, luego comenzamos a danzar en los labios, de repente se metió en ella, y suavemente me deslicé dentro de ella con mi lengua, me adentré cuanto pude, cuanto el largo de mi lengua fue capaz de alcanzar, y luego, ahí, totalmente mojado por su sexo, salí junto con la serpiente que se enrolló en su clítoris, y fue ahí donde yo también anidé. Jugando con él suavemente, comencé a lamerlo con ese ahínco y esa entrega que aquella fruta prohibida me genera; seguí al tiempo que mis manos acariciaban sus senos y sus nalgas; seguí y no paré hasta sentir de nuevo ese cálido mar que trajo su orgasmo y ese sensual movimiento acompañado de un suave y vigoroso "métemelo, te quiero dentro de mí", y yo, cual Adán suyo, me adentré en ella, me entregué con cuerpo y alma.
Lo que siguió de ahí fue cálido, su sexo me recibió como si fuera mi hogar, porque ya es mi hogar; Sus brazos me tomaron y me acariciaron como si fuera un fruto, su alimento, porque eso quiero ser; su cuerpo entero se fundió con el mío en movimientos orquestados por la sinfonía de nuestra pasión, nuestro amor. Y ahí, entregados en el paraíso, mientras yo la penetraba y ella me hacía suyo, repletos de sudor en aquel mundo de sábanas, manifestando nuestro deseo mutuo, nuestra pasión, de mi boca nacieron unas palabras que eran suyas: "te amo", no me pertenecían esas palabras, pues evocan a un sentimiento que nació en mí pero ella cultivó; acto seguido en su boca nacieron unas palabras que no eran suyas: "te amo", unas palabras que me pertenecían, que nacieron en ella por mí, y que en mí debían descansar. Y ahí, de la manera más poética, sensual, excitante, alucinante, irreal, ahí fue ella mi Eva, y ahí fui yo su Adán, y en el momento en el que me vine, un orgasmo que no era mío, era de ella -como el resto de los racimos de orgasmos que cada día le doy-, por fin pudimos crear ese paraíso que se nos había negado, un paraíso repleto de frutos, de calidez, de honradez y de paz, un paraíso al cual le seguí con la misma entrega que Adán a su Eva, un paraíso que nuestro amor creó, y en el cual habitaremos hasta el final.

Plata

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