lunes, agosto 13, 2012

Realidad (segunda parte)

La danza de los sueños siempre ronda la piel de los amantes.

Sudor, mucho sudor, cubriendo cada centímetro de ella. Él aún está dentro de ella, tratando de recuperar el aliento, los dos respiran con esfuerzos y se miran entre las sombras de la noche, alcanzando a distinguir sus rostros por los rayos luz tenue que la luna asoma por la ventana como un observador casual de aquella que fuese una escena porno digna de ovaciones; -si esto fuera cine, se crearía un Oscar para premiar lo que acabamos de hacer- piensa él entre gemidos de descanso -el premio al mejor sexo jamás filmado.
-¡já! loco- le dice ella, como adivinando el pensamiento, acto seguido le esboza una sonrisa, contestando ese pensamiento con la mirada que decía "y se quedarían cortos con ese premio."
Él se mueve con cuidado, evitando dejar caer el peso de su cuerpo sobre el sudado cuerpo de ella; va saliendo lentamente de su interior, las gotas de sudor que le caen de su frente al pecho de ella le dificultan la visión; por alguna razón a ella esas gotas le saben al amor más puro y sincero que jamás existirá en la tierra. Él se logra recostar a un lado de ella, ella se acomoda y lo abraza, recostando su mejilla derecha en el pecho de él; él, con el aliento un poco recuperado y sintiendo el calor del cuerpo húmedo de ella, que brilla al tono de la luna que comienza a emprender su viaje por la bóveda celeste dejando descansar a estos dos amantes, deposita sus labios con ternura en la frente de ella, respira profundo y con un suspiro cargado de paz le entonó un suave "te amo", lento y reconfortante, para cuando terminó de decirlo ella se logró quedar dormida, cobijada por sus brazos y ese manto de alegría que aquellas palabras le produjeron en aquel instante. A él se le escapó una sonrisa por la comisura de sus labios, cerró los ojos y se entregó de igual modo a los brazos de Morfeo.

Pasaban las 2 de la madrugada, el cuarto aún impregnado con ese aroma de la pasión entre dos almas entregadas estaba repleto de una paz ensordecedora. Por la ventana se colaba un aire de verano que hacía bailar las cortinas blancas, la tenue luz intermitente del reloj de cabecera tintineaba de cuando en cuando. Ella yacía en los brazos de él, en su vientre, tomando el fresco de la noche, se encontraba una serpiente, reciente inquilino de aquel cuerpo torneado. En el brazo izquierdo de él, visitando aquel mundo extraño, se encontraba un principito que descansaba por sus viajes. De pronto, entre aquella brisa de verano que comenzaba a sentirse húmeda, prediciendo una lluvia suave, el constante tintineo de la alarma en el buró se coló por los ojos cerrados de aquel principito, despertándolo del sueño en el que estaba. Se vio aquel infante entonces rodeado de arenas y humedad, -he de estar cerca del mar- se dijo a si mismo, se talló suavemente los ojos, tomó su espada y comenzó a caminar por el brazo de él. Vio entonces los cabellos ondulados de ella y pensó en recostarse un rato, en ellos -son suaves como un colchón, serían un perfecto lugar para una siesta... pero ya he dormido mucho- infirió, no obstante decidió tomar un poco de vuelo y acto seguido corrió para dejarse caer en aquella almohada improvisada, riendo al tiempo que rebotaba feliz.
El principito, una vez recobrado el aliento de aquel instante de capricho infantil, se dio cuenta que detrás de esos cabellos estaban unos hombros suaves y desconocidos para él, se incorporó y comenzó a explorar. Ya estando en el hombro, justo a un lado del cuello de ella, se percató que había una resbaladilla que lo llevaba a unos montes, se lanzó con cuidado, pues no quería caerse. Una vez en sus senos decidió subir a uno de ellos para tener una vista de ese espléndido reino. Fue ahí cuando a lo lejos, vio a la serpiente.
Bajó rápidamente, con la alegría de haberse encontrado a alguien más por aquellos alrededores, y tomo rumbo al sur hasta llegar donde la serpiente. Y ahí estaba ella, haciendo "emes" en la arena, moviendo su cuerpo de un lado a otro, ondulante y sereno, sin prisa y hasta podría decirse que con afecto a esas tierras.

-Hola- dijo el principito.
-tsss, hola para ti, pequeño.- contestó la serpiente, sin prestar mucha atención al muchacho.
-¿Qué haces?
-Letras, pequeño, letras.
-Y ¿por qué lo haces?
-Es lo que hago, cuando no estoy seduciendo, me divierte hacer letras. Deberías intentarlo.
-Quizá más tarde... ¿Dónde estamos?
-¡Vaya que eres preguntón!, pequeño... estamos en el paraíso, ¿no es acaso obvio?
-Perdona, no lo sabía... ¿y tú quién eres?
-Yo soy una sssserpiente, pero no cualquier ssserpiente, yo soy la seducción en persona... bueno, en animal... soy la que genera pasiones y engendra placeres, si así lo quiero.
-¿Y vives sola aquí?
-Asssí es, pequeño... pero no por mucho tiempo, pues has llegado tú.
-¿Yo? ¿En serio podría vivir aquí?
-¡Claro! ¿Qué no has sabido? en el paraíso no sólo existo yo, también hay lugar para un Adán y una Eva.
-¡Genial!... pero...¿quién sería yo? ¿y dónde está la otra persona?
-En verdad no eres de por aquí, ¿cierto? No importa, pequeño. Tú serías Adán, y tu Eva la encontrarás al oriente, sólo sigue al sol, ella te encontrará.
-Entonces será mejor me apresure... ¡Muchas gracias, serpiente!
-No me lo agradezcas, sólo trae a tu Eva cuando la encuentres, y así podremos comer frutos que te sabrán, y muy bien!

El principito corrió hacia Oriente, por el vientre y la pierna de ella, hasta llegar a la pierna de él, donde continuó su camino saltando a la mano derecha de él, y fue entonces cuando a lo lejos la vio, saltando y danzando al rededor de una piedra mientras entonaba distintas melodías. El principito se alegró y corrió a su encuentro, cuando por fin la alcanzó no atinó a decir algo inteligible porque ella se le adelantó:

-Hola, ¿Quién eres?... ¿Sabes bailar? Apuesto a que te puedo ganar haciendo figuritas de papel!- la pequeña continuaba haciendo preguntas y diciendo cosas sin aparente relación una con otra, el principito no atinaba a pensar una respuesta cuando ya tenía que empezar a pensar sobre lo siguiente que salía de la boca de esa pequeña señorita. Desesperado, y sin poder generar palabra alguna (no tanto por la continua inquisición de la pequeña, sino por el nerviosismo que ella le causaba) mientras no quitaba su cara de asombro, frunció el ceño, respiró hondo y comenzó a moverse de un lado a otro, saltando y moviendo cada parte de él.
La pequeña, al ver estos movimientos, se quedó con la boca abierta un par de segundos dejando de hablar, luego comenzó a verlo con extrañeza pero con una ligera sonrisa en su boca, y cuando no pudo comprender preguntó:
-¿Qué haces?
-huh... ¡Bailando!... huh... -contestó con trabajos, pero sin parar de hacerlo.
-!Eso no es bailar! -contestó en tono burlón pero simpático ella- estás loco ¿sabías?... no recuerdo tu nombre
-Eso es porque no te lo dije, la serpiente me dijo que soy tu Adán, así que tú eres Eva.
-Yo no soy Eva, mi nombre es Buba... ¿cuál serpiente?
-La serpiente que vive al sur, cerca de la playa... me dijo que te encontrara para vivir juntos en el paraíso... eso y algo sobre comer frutos- lo dijo, al tiempo que se detenía un poco cansado frente a ella.
-Las serpientes no hablan
-Pues a esta serpiente yo le entendí muy bien
-Eres raro... ¡me agradas!
-Entonces ¿sí me acompañas, Eva?
-¡Buba!... y sí, si voy, después de tanto jugar me dio hambre.
-¡Genial!

El principito la tomó de la mano y la condujo de vuelta a donde la serpiente continuaba haciendo letras. Al llegar, la serpiente los recibió dibujando un caracol en la arena, luego se escondió rápidamente entre las piernas de ella, y sin tardar mucho sacó varios frutos que les tendió frente a ellos y les dijo:

-¡Qué bien que llegan! justo a tiempo, han de tener hambre, coman que hay mucho más de donde vino
-¿Qué es eso?- preguntó Buba, al tiempo que trataba de examinarla.
-Eso mi querida Eva, es un fruto especial, tiene un sabor a... saber.
-Se ve rico, y no soy Eva, mi nombre es Buba.
-Lo sé, chiquilla, pero aquí en el paraíso ustedes dos pueden ser quien quieran ser.

Ambos mordieron el fruto y disfrutaron entonces su sabor, rieron, cantaron y se tomaron de las manos, sentados en aquel caracol en la arena. Y así fue como Buba y el Principito comenzaron a darse cuenta de que juntos podían ser quien quisieran, y que mientras siempre estuvieran juntos el paraíso existiría donde quiera que fueran... incluso en aquel cuarto de aquel departamento, refrescado por la suave brisa de la lluvia que ya caía para esos momentos, entre aquellas sábanas donde existían dos almas dormidas, agasapadas una con otra, que el amor unió.


Plata.

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